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Editoriales / 25-04-2016

Aparatos inteligentes en pueblo chico

El mal uso de los teléfonos inteligentes se amplifica en una comunidad pequeña con adultos que no terminan de adaptarse a un mundo de jóvenes y adolescentes donde manda la tecnología.



En el refranero popular “En pueblo chico, infierno grande” debe ser por lejos el más repetido y el que desde pequeños, nomás, van enseñando a los victorienses.
Es que vivir en una comunidad donde todos creen conocer algo de todos, es un seguridad para algunos y un verdadero calvario para otros. Así es que cuando, en la ciudad comienza a correr un rumor sobre, especialmente la vida privada y en lo posible la sexualidad del otro, en poco tiempo se convierte en una verdad de Perogrullo.
Ahora bien, si en éstos tiempos a ese rumor, o sea esa información cuya veracidad está en duda o no puede comprobarse, le suman condimentos como que “lo tiene en el WhatsApp del teléfono” o “lo recibió en el Facebook” la transmisión es casi instantánea y mientras los más chicos de la sociedad se pasan la “verdad” por los aparatos, los adultos comentan sobre lo que le pasó a fulano o mengano por “eso de la tecnología”.
Es así que por estos días padres, docentes y todo adulto responsable observa casi paralizado la ductilidad con que la información va y viene de un aparato a otro sin poder parar siquiera para saber de qué se trata esa información que inquieta incomoda e involucra a muchos chicos y chicas de la ciudad.
Una foto, un video, de hombres o mujeres que fue entregada en confianza a otro y que en un segundo es del grupo y en el día es de todos, pone en un lugar de muchísima vulnerabilidad a las víctimas ante una sociedad donde mandan adultos con el viejo Nokia 1,100 en el bolsillo del saco.
Existe un gran grupo de adolescentes totalmente descuidados por sus padres, es imposible pensar que no se enteren que sus hijos circulan con fotos pornográficas en miles de teléfonos o computadoras. Niñas de 12, 13 años haciendo poses sexuadas y enviadas a sus amigos con el epígrafe “que tal se me ve”, un jovencito que se auto gravo un video practicando una autosatisfacción sexual, se las envío a las chicas que le gustaban como para demostrar su virilidad.
Estas situaciones ya debería ser tomadas por un juez de menores que pueda llamar a la reflexión a aquellos progenitores que parece no importarles el exhibicionismo de sus hijos y informarles de cómo hablarles sobre los momentos a vivir en su pubertad y de esta manera evitar la estigmatización de esas criaturas en el pueblo entero.
Urge en una ciudad como Victoria con una gran población juvenil, con mucho tiempo ocioso que sean los hombres y mujeres que están al frente de la familia, al frente del aula, al frente de la justicia conocer y manejar los códigos de los jóvenes para reconocer juntos las barreras que separan su derecho de diversión al derecho de privacidad del otro.
Es indispensable que las autoridades y los padres se inmiscuyan en la forma de relacionarse de los adolescentes y jóvenes de la ciudad, porque cuando se observa por televisión el consumo de nuevas drogas y lo letal de su consumo los jóvenes hablan del tema como algo natural, que conocen, que saben sus efectos, sus precios.
También en Victoria y según el “rumor” con muchos visos de realidad se concretan por Facebook o por cualquier otra red de amigos, encuentros exclusivos donde cobran entradas y donde la “pastillita del amor” haría que luego del baile y la diversión los integrantes a la fiesta se abrazan como enamorados unos de otros. Pastillita del amor que no serían otras que las conocidas drogas de diseño que tanto se ha hablado estos días.
Aplicaciones telefónicas que te acompañan en un viaje, apps que te enseñan a saludar en mandarín. Un avance grandioso, un paso enorme, una herramienta fabulosa, pero parece que si no se enseña su uso responsable se convierte en un arma tan peligrosa incapaces de determinar su daño.


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